Filosofar a los 40…
Leí hace poco un buen artículo de Oscar de la Borbolla titulado “Las edades del filósofo”.
No pude dejar de sentirme aludido, pues de filósofo y loco todos tenemos un poco.
Puntualmente el autor habla de cómo nuestra actitud hacia la filosofía va cambiando insufriblemente con los años.
Desde los arrebatos juveniles veinteañeros, donde las neuronas sucumben ante las hormonas, hasta la senilidad segura, donde las neuronas cobran venganza, el pensamiento filosófico nos acompaña de alguna forma hasta la muerte.
De la Borbolla compara la pasión filosófica de los 20 con el erotismo pubertario, o con las caricias incendiarias de una amante juvenil, diferentes a las caricias maternas, igualmente placenteras, que las compara con el pensamiento religioso y el “establishment” familiar.
Nietzche, Platón o Marx, siguen siendo igualmente apetitosos para el pensamiento juvenil de nuestros dias, pues se les presenta como quien levanta por primera vez la falda a una mujer, ejemplifica.
Son los tiempos de las ideas apasionadas, obtusas, tercas, dogmáticas y ciegas, en las que la verdad personal recién descubierta raya en el maximismo.
Con el paso de los años, menciona, estos ánimos incontrolables se despejan como las tormentas, pierden su fuerza y se convierten en razonamientos frios, temerosos, impasibles.
Se va descubriendo que las ideas que nos parecieron indudablemente revolucionarias, en el fondo no lo son tanto, ni son tan originales, sino que provienen de otras mas antiguas.
Luego, en el mejor de los casos, nos convertimos en almacen de ideas, en coleccionistas de pensamientos, en eruditos.
La falta de interés por inventar el hilo negro, el remitirnos a las ideas de otros, incluso hasta el plagio, se vuelve en lo cotidiano.
El pragmatismo galopante se vuelve moneda de curso legal. Los filosofismos se convierten en infantilismos propios de los desocupados.
Luego entonces, el Quien se ha llevado mi queso o el Código da Vinci, reemplazan a la obra de Hegel o Schopenhauer.
De la Borbolla, filósofo burocratizadamente profesional, como el mismo se describe, termina diciendo:
“A los 20 años cualquiera es filósofo, a los 80 solo algunos consiguen entender que la filosofía, o cualquier cosa a lo que uno haya entregado la existencia, es el sentido. No es que tenga sentido, sino que fué el sentido lo que nos mantuvo un cauce en medio del absurdo”.
En tanto yo, a la mitad del camino, casi a mis 40, sigo sin encontrarlo del todo.