CC: Justicia Infinita…

mohamedali.jpgManuel era su nombre y era un joven normal. Moreno, pelo chino, alto, atlético y sonrisa a flor de labios. Buen conversador y mejor interlocutor.

Era boxeador amateur y era todo un deportista: no fumaba ni bebía, se entrenaba diariamente y era muy disciplinado.

Era bueno para las matemáticas, pero sus manos y sus puños eran más rápidos en los ganchos y los jabs, que con la sumadora.

Tenía la agresión suficiente para ser un buen peleador, pero la fuerza necesaria para controlar su furia afuera del ring.

Una cosa lo llevó a la otra: de la universidad se iba al congal donde trabajaba por las noches de guardia de seguridad.

Salía a las 5 a.m. pero tenía toda la mañana para dormir y estar listo al día siguiente para su cita con el conocimiento por las tardes.

Tenía un tío metido en la política: había sido diputado, pero ahora estaba en la banca. Su partido decidió que ahora la oportunidad debía ser para otros y tendría que esperar para más adelante. Sin embargo, su fama continuaba a pesar de todo.

Había un periodista con quien su tío tenía problemas desde hace tiempo: lo atacaba por cualquier motivo, y todo parecía que era porque no se había puesto bello en su momento.

Cuando era diputado, tenía que aguantar vara, pero ahora como ciudadano ya lo tenía harto.

Y era cuestión de tiempo y espacio: coincidieron en un bar, se hicieron de palabras, luego a los puños, luego a las amenazas de muerte, pero no pasó de ahi.

A los meses, un nuevo encuentro. El tío en la barra y el sobrino cuidando la entrada.

Un ebrio escandaloso dizque influyente, arriba al centro de diversión. Discute un poco en la entrada pero logra franquear la aduana.

Divisa al otro y sin avisar lo surte a botellazos. Se arma la bronca en grande y entra el sobrino tirando trompos al que golpeaba al tío. Luego, nuevamente las amenazas de muerte ahora por duplicado.

Nada es igual, se siente el odio en el ambiente. Al Manuel le llega un informe: el periodista consiguió un arma y los anda buscando para matarlos, ahora si va en serio.

Lo piensa unos dias, su tío refugiado por la amenaza, y decide no arriesgarse: le tiene que ganar el jalón y empieza a cazarlo.

Era cuestión de tiempo. Le dijeron que estaba en su carro, con un amigo, estacionado en un callejón, quizá coqueándose.

Estaba en la chamba y sudando frío pidió permiso a su jefe para atender un asunto, volvería rápido. Hacía un calorón de los mil demonios.

Con cierto temor pero con determinación llegó al lugar indicado. El objetivo estaba acompañado y pensó rápido. Se acercó por detrás, del lado del acompañante.

Le dijo en voz baja, casi al oído: “la bronca no es contigo, no voltees para atrás, tápate la cara con esto” y le pasó la toalla de mano que traía para secarse el sudor.

Fueron dos disparos a quemarropa en pleno rostro, suficientes para una muerte instantánea. El acompañante se cimbró por los disparos pero no se quitó la toalla.

Manuel miró a su alrededor y empezó a caminar tranquilamente para no despertar sospechas.

Llegó a su chamba y tomó su lugar en la entrada como si nada. Todo había salido bien y sin broncas. Se sentía aliviado y seguro de haber hecho lo que debía.

La misma noche, corre la noticia como pólvora: habían asesinado a un periodista. La prensa puso el grito en el cielo, aunque era un colega totalmente desprestigiado por sus vicios y mañas, formaba parte del gremio y era un abierto ataque a la libertad de expresión: mañana pudieran ser ellos.

Al día siguiente, la ciudad se despertaba con esa noticia a ocho columnas. Se unen la prensa escrita y electrónica para exigir justicia a las autoridades.

Pasan las primeras horas y nada, ninguna pista del asesino: el único testigo no había visto al agresor. Pasan los días y la presión aumenta: exigen una fiscalía especial para el caso.

Pasan más días y no se avanza, empiezan las primeras voces pidiendo la cabeza del procurador.

El testigo es presionado, dice recordar el timbre de voz y de reojo pudo medio ver que era alguien moreno de pelo medio chino pero no estaba seguro, pero ya había dicho lo suficiente.

Ese día, hay una trifulca en el congal, Manuel entra a la acción, pues ese era su trabajo, lo confunde la policía como uno de los rijosos, lo detienen y se lo llevan a los separos.

Para su mala suerte no encontró a nadie de su familia y se quedó todo el día siguiente encerrado.

Obligan al testigo a ver a varios de los detenidos, todos los morenos con pelo chino, pero no reconocía a nadie.

Lo presionan, no tienen más tiempo, necesitan un sospechoso al menos. Señala al azar, le toca a Manuel.

Lo presentan como presunto culpable, el testigo lo había reconocido. Se desata nuevamente la furia del gremio, al descubrise que era pariente de un exdiputado: no más impunidad !!!

Todo express: averiguación previa, consignación al juez y auto de formal prisión en menos de una semana. En dos meses la sentencia: 15 años de prisión.

El testigo, todo compungido, empieza a visitar a Manuel, no puede con el cargo de conciencia. Le confiesa que lo presionaron para señalarlo, pero el sabe que es inocente.

Lo visita casi todos los días, le lleva comida, ropa y algo de dinero. Así pasan los meses hasta que se vuelven grandes amigos.

Desesperado por no poder hacer más por su amigo, el testigo empieza a enloquecer. Planea hablar con la prensa misma y decirles la verdad: Manuel era un chivo expiatorio y era inocente.

Se dá cuenta de que legalmente ha cometido perjurio y desiste de su plan: enloquece más, no soporta la presión, llora de impotencia.

Ante semejante cuadro y enmedio de sus propias torturas de mente y alma, Manuel decide poner fin al sufrimiento de su gran amigo, le confiesa su secreto: Dios lo había convertido en el chivo expiatorio de su propio crimen.

Sigue purgando su condena. Más pronto que tarde, nadie escapa a su Justicia infinita.

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