CC: El Mensajero…

Marzo 25, 2008

PalomaEl encierro es el peor de los castigos. Nada más duro que perder la libertad. En el encierro, se tejen lastimosamente sueños que quizá nunca se cumplan.

Ahi, en las catacumbas, un rayo de luz hace la diferencia entre la vida y la muerte.

“A la reja, se le solicita en la reja!” era el grito a lo lejos que rompía la espesura de la tristeza en la celda. Decenas de improvisados mensajeros se encargaban de aclarar lo que se creí­a haber escuchado: era el llamado.

“No es el chícharo, es otro wey” informaba la larga red de relevos informantes, no era el llamado a la libertad, sino a alguna diligencia.

Y la tristeza reinvadí­a el espacio y el tiempo.

Y tras la diligencia, el encierro.

Bajo de estatura, piel blanca, bigote abundante, el chí­charo no era un preso más. Estaba condenado a cadena perpetua, pero a veces ni lo parecí­a. Su vida giraba entre la reja y las celdas, siguiendo al pie de la letra los deseos del comandante.

Parecí­a un verdadero chicharito de acá para allá, siempre sonriente, siempre cumpliendo su cometido.

Pero su misión era a la vez su tormento: De vez en vez se le oí­a gritar a grito abierto, a los de la reja, que por piedad lo dejaran salir y su llanto desgarraba el corazón de hasta el mas duro criminal.

Y un día el chícharo apareció en persona, en la oscura celda, y entregó su tan esperado mensaje: “a la reja, se le solicita en la reja, felicidades!”.

Y enfilado hacia el ansiado camino, al volver la vista atrás, las lágrimas brotaron al ver el rostro abatido y desesperanzado de quien se sabía ajeno a su entrega, el de Miguel “el chí­charo” Garcí­a: el Mensajero de la Libertad.

Nuevo Amanecer…

Marzo 23, 2008

AmanecerHoy es Domingo de Resurrección y puede ser un buen día para renacer.

Hace más de dos mil años la muerte hizo lo suyo en el gógota un viernes y dos días después la vida resurgió con toda su belleza y esplendor en un domingo como éste.

Yoshua, Jesús, el cristo, permitió que el dolor se apoderara de su ser, de su cuerpo y de su alma, para mostrarle al mundo la fuerza infinita que reside en nosotros.

El gran cordero de sacrificio fué inmolado para la liberación de la cautivos, de las ataduras del pasado, del viejo ser, limpiándolo con el más sublime perdón: el que surge del más inmenso dolor, fijado en su propia cruz.

He aquí el hombre, ecce homo, que escoge para sí­ mismo su tormento pero escoge también su salvación.

Son las mismas voces que piden crucifixión, las que piden perdón por no saber lo que se hace.

Son las mismas que claman clemencia y que sea removido el cáliz del dolor y la amargura de dí­as y noches en vela.

Son las mismas que lo niegan tres veces y que le piden al gallo que cante.

Son las mismas voces que le piden al sanador que se sane a si mismo antes de sanar lo demás.

Son las mismas que enjugan las lágrimas, el sudor y la sangre, las que le atraviesan el costado.

Son las mismas que lamentan haber abandonado al creador y las que lloran su abandono.

Son las mismas que cometen la máxima atrocidad posible: asesinar sin piedad al hijo del hombre.

Y luego la muerte, y luego el temblor, y luego el desastre, y luego el estruendo, el crujir de dientes y luego el silencio.

Y luego el sepulcro.

Y luego la vida.

Hoy, desde el dolor de mi propia cruz hoy imploro:

Perdón por no saber lo que hago ni lo que he hecho, perdón por asesinar a mi cristo, por negarlo tres veces, por azotarlo sin piedad, por coronarlo de espinas, por destrozar sus pies y sus manos, por enjugar sus lágrimas y por atravesarlo con mi lanza de muerte.

Y desde este mi sepulcro, invoco hoy mi resurrección.